Wordbuff Blog | Traductora, emprendedora y autónoma: creo en los milagros.
Yo sabía que nunca podría encontrar un trabajo de esos para siempre. Hasta que me hice traductora, emprendedora y autónoma.
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Traductora, emprendedora y autónoma: creo en los milagros.

Traductora, emprendedora y autónoma: creo en los milagros.

Yo sabía que nunca podría encontrar un trabajo de esos para siempre. Para bien o para mal, soy muy inconformista y, para mal o para mal, a menudo me quejaba allá por dónde pasaba de cómo se hacían las cosas. Por eso, en parte, decidí embarcarme en un nuevo proyecto empresarial con mi noviete, ahora ya novio, y mi amigo de toda la vida: un proyecto en el que cada uno de nosotros pudiéramos poner en práctica nuestra vocación y que a la vez nos permitiera desarrollar nuevas habilidades, reinventarnos y ser felices por encima de todo.

En 2014 yo ya llevaba siendo autónoma más de tres años, comiendo a base de constancia y perseverancia. La verdad es que me lo había montado bien traduciendo para un par de clientes fijos, y a la vez cogía cualquier otro proyecto que me entrara, como toda autónoma veinteañera empeñada en vivir en la capital madrileña. Pero llegó un momento en que las noches sin dormir por las entregas eran cada vez más frecuentes, y me aburría sobremanera la monotonía del ordenador y la frialdad de los e-mails. De pronto deseaba gente, acción, drama, creatividad, AUNQUE tuviera que renunciar a la mayor ventaja que ser traductora freelance me ofrecía: trabajar en cualquier espacio del planeta. Pero quería trabajar con otros para hacer algo grande. Así que volví a casa y fundamos una súper escuela de español para extranjeros: Entrelenguas.

Hoy por hoy estoy segura de que es la mejor decisión que he tomado en mi vida. O vale, una de las mejores. Y mira que no es fácil, porque cuando estás al frente de una empresa propia, compartiendo responsabilidades, trabajas literalmente sin cesar y llega a ser agotador. De pronto había pasado de ser traductora a ser, también, profesora, administrativa, limpiadora, teleoperadora, diseñadora, especialista en marketing, en SEO, en RRSS, en IT y en todas las siglas que me eches, y como no blogger, community manager, strategy developer y cualquier otro cargo moderno con pinta internacional. Siempre hay algo que hacer, es así. Y si te vas a casa porque ya no puedes más te vas pero no dejas de pensar, porque llega un momento en el que se hace inevitable darle vueltas a absolutamente todo, desde cómo colocar una estantería en el aula hasta cómo aprovechar para cuadrar las visitas a cinco escuelas en un viaje de tan solo dos días.

Tanto ajetreo se debe en gran medida al hecho de que somos tres los socios, y existe por tanto un respeto mutuo que te empuja al esfuerzo continuo y al tesón permanente. Sinceramente creo que es precisamente aquí donde reside la clave del éxito. Es muy bonito tener un proyecto conjunto, además de mucho más divertido. Llegas mucho más lejos, analizas situaciones desde prismas diferentes y por supuesto abarcas muchísimo más. Lo que habíamos comenzado como una  simple escuela de español de verano, comenzó a mutar y derivar en distintos subproyectos, algunos prácticamente efímeros y otros más duraderos, que al final han conseguido dar forma a lo que hoy es Entrelenguas. Y es que probábamos con todo: lo mismo nos daba montar clases de cocina improvisada tipo pay-what-you-want que ofrecer clases de alemán sin tener siquiera un profesor para impartirlas.

El nuestro no era un proyecto bien definido como muchos tantos otros. Nos saltamos todos esos pasos de análisis de mercado, business plan, business model, planes de acción, estrategia y desarrollo, etc. Ninguno veníamos de “ese mundo” y nos conformamos con iniciar el proyecto con una simple web, un Facebook y tres direcciones de correo electrónico. Y mucho café. Todo estaba montado de cara a la galería, pero nada existía. Todavía recuerdo nuestro primer agosto, que íbamos a la oficina a no saber qué hacer. Y por fin llegó una primera estudiante, y una segunda – ¡y coincidió que tenían el mismo nivel! Pudimos montar un primer grupo con el que comenzamos a rodar. Y un mes más tarde un segundo, y por fin un tercero. Y de pronto llama una escuela con un grupo de 30 estudiantes adolescentes con ganas de comerse el mundo para ver si podíamos proponerles un plan de actividades rompedoras y frescas. Y pasan cuatro por la puerta con ganas de hacer algo cultural y conocer Ronda con locales. A todo dijimos que sí, claro, y fue así como ocurrió. Entrelenguas pasó a ser mucho más que una escuela: de pronto, nos convertimos en un centro de turismo e inmersión cultural con un gran alcance internacional.

Han pasado casi tres años desde entonces. Ahora tenemos muy claro quiénes somos, qué ofrecemos y qué no queremos. Hemos ido aprendiendo de los errores, celebrando con cautela cada victoria y comprendiendo que cuando damos con algo que funciona hay que saber explotarlo al máximo. Tenemos la gran suerte de poder permitirnos decir no y cerrar puertas a lo que no nos mola, y estamos muy orgullosos de haber montado un proyecto serio de base sólida, conocido cada vez más internacionalmente. Al final he conseguido ser feliz con mi día a día, que es lo que pretendía, y además puedo llevarme a Pongo a la oficina. Qué más se puede pedir.

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