Wordbuff Blog | Currando como freelance desde Kufürstenstraße
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Berlín

Berlín

Puede quedar muy cool decir que eres freelance, pero no todo es oro lo que reluce. Sin embargo, sí que tengo que admitir que hay una cosa en esto de ser traductora autónoma que es francamente impagable: el hecho de poder mudarme con mi portátil a cualquier lugar del mundo donde haya una óptima conexión a Internet.

En eso pensaba hace ya unos cinco años cuando decidí que no quería pasar aquel verano en casa de mis padres maldiciendo el calor seco de Ronda y viviendo de noche. Por entonces no habíamos comenzado con Entrelenguas ni teníamos a Pongo, así que tenía mucha más libertad, todo hay que decirlo. Y total, que no recuerdo qué diccionario online me estaría sacando de algún que otro apuro, que me saltó un anuncio de cursos de alemán en Berlín. Cualquier plan era mejor que estar ahí sentada. Veinticuatro horas más tarde ya tenía un ático para dos meses alquilado en Schöneberg y billete no solo para mí, sino también para Alex, que siempre se apunta a un bombardeo.

Berlín es una ciudad como ninguna otra, la capital de los opuestos. Altos ejecutivos en vaqueros, gigantescas avenidas con pequeñitos cafés, una gran ciudad en la que todos se mueven como si estuvieran en un pueblo. Los berlineses oriundos y los adoptados, como lo fuimos nosotros, han contribuido a la creación y desarrollo conjunto de una ciudad en constante mutación donde todo encaja, y donde siempre encuentras un lugar. Y si a eso le añades la simpatía de su gente y el hecho de que detrás de los contemporáneos edificios que se alzan con ese estilo único berlinés hay cientos de anécdotas relacionadas con una historia cuya presencia se hace manifiesta allá por donde pasees, entenderás por qué más de una noche no pegué ojo para poder entregar mis proyectos a tiempo.

Y es que, por si fuera poco, el pupitre del salón en el que instalé mi oficina portátil daba a un bloque de apartamentos de ladrillo caramelo cuyos vecinos me tenían la mar de entretenida. Me recordaban a la película Sommer vorm Balkon [Verano en Berlín]. Desde el otro lado. Y apenas llovió en los dos meses que estuve allí, así que los berlineses del bloque celebraban a diario las felices noches veraniegas cenando wursts en los balcones. Se reían. Nosotros en cambio descubrimos un tailandés a pocos minutos de casa, el Samran Thai Imbiss en Winterfeldtstraße, y allí que casi nos empadronamos. Jamás he vuelto a probar unos platos tan deliciosos como los que la familia que lo regenta preparan allí. También solíamos tirar de puestos de mercado con asiduidad, y de un gran supermercado turco que había justo en la esquina de Kufürstenstraße con Potsdamer Straße, donde encontrabas literalmente de todo.

Fue un rollazo dejar la acogedora ciudad y nuestro bonito y luminoso ático de Kufürstenstraße. Logré vender mi bicicleta negra que compré en el Mauerpark Mark el primer domingo en Berlín, pero hasta deshacerme de ella me produjo tristeza. Sin embargo, pronto caí en la cuenta de que tenía la suerte de poder trabajar en cualquier rincón del mundo, y que siempre que fuera freelance, aunque a veces no fuera cool, podría seguir explorando ciudades inéditas.

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